|
(cuento de las Mil y una noches)
por Héctor Zabala
Antecedentes históricos
Este cuento de las Mil y una noches se refiere al soberano persa Cosroes II Parviz [1]. Esta última palabra significa el victorioso, apelativo que, si bien se ajusta a buena parte de su reinado, no alcanza como para felicitarlo por un final feliz, según veremos en breve.
Cosroes II (en árabe, Khosrú) subió de manera efectiva al trono de Persia en 591 d. JC. Luchó contra quienes habían destituido a su padre, Ormuz IV [2] (rey entre 579 y 590), y logró restablecer la dinastía sasánida con ayuda del emperador bizantino Mauricio I, tras desalojar al usurpador Bahram Chûbin, quien se había entronizado como Bahram VI [3] (590-591). Este general había dado un golpe de estado, quizá para no dejar dudas de que tales acciones no serían privativas de los países latinoamericanos catorce siglos después.
Asesinado Mauricio I por Focas, Cosroes invadió el territorio oriental del Imperio Bizantino (año 602) para vengar la muerte de su amigo y aliado. Como vemos, también en la antigüedad cualquier “causa noble” era válida para ganar territorios vecinos. Al principio las cosas fueron bien para el persa: tomó Antioquia (609) y Jerusalén (613), con la caída de Damasco (614) sometió Siria y quitó el suministro de trigo egipcio a los bizantinos, tras la ocupación de Alejandría (616). También atacó a los etíopes (ya que algunos de sus enemigos se habían refugiado por ahí) y –de paso– como la Cirenaica no estaba muy lejos, ¿por qué no conquistarla? Después sus tropas hicieron incursiones en Asia Menor hasta instalarse en las orillas del Bósforo, amenazando Constantinopla.
Un nuevo emperador bizantino, Heraclio [4], no soportaría eternamente al viejo enemigo de Mauricio ni al amigo tampoco. Después de liquidar al usurpador Focas (no había elecciones en aquellos años) y reorganizar el ejército, Heraclio inició la contraofensiva en 622 y no cejó en su objetivo pese al asedio que los ávaros, aliados de los persas, impusieron a Constantinopla en 626. Al fin derrotó por completo a Cosroes en la batalla de Nínive [5] (627).
La amenaza de los bizantinos sobre la capital persa, Ctesifonte, asustó a los magnates persas. Y como siempre ocurre en estos casos, la gente acaudalada, que son quienes tienen más para perder (o para ganar), se levantaron contra el rey vencido, liberaron de la cárcel a uno de sus hijos para tener un sucesor a mano que los legitimara y terminaron con la vida de Cosroes a los pocos días de iniciada la revuelta (628). Más tarde los persas firmarían una paz humillante con el emperador cristiano por la que renunciaban a todos los territorios invadidos.
Cosroes y el cuento “¿Macho o hembra?”
Las relaciones amorosas de Cosroes (Khosrú) y su mujer, Schirín [6], constituyeron un tema importante entre los poetas persas de entonces. No sabemos si la historia del cuento implica un relato de ficción o una anécdota real. Hoy quizá nadie esté en condiciones de afirmar una cosa o la otra, pero de lo que no hay duda es del anacronismo que existe en el cuarto párrafo de la 382ª noche cuando el pescador exclama: “!Alá prolongue la vida del rey!”
Algún escriba musulmán, motivado quizá por un gran celo religioso, incluyó estas palabras en el diálogo entre Cosroes II y el pescador pero la expresión está fuera de época. En efecto, el islamismo se expandió por Persia después del año 651, es decir con posterioridad a la caída del último sasánida, Yezdegerd III [7], y encima no arraigó inmediatamente sino que lo hizo de manera gradual. Por lo tanto, la expresión “¡Alá prolongue la vida del rey!” en los años a que se refiere el cuento (reinado de Cosroes, 591-627) habría sido imposible, dado que en Persia todavía subsistía el culto a Zoroastro y los árabes aún no habían salido siquiera de sus fronteras originales. [8]
Pero más allá de que se trate de un hecho histórico o una ficción, el cuento tiene características de relato realista (no fantástico); vgr. aquí no aparece ningún efrit (genio) ni nada de magia, como nos tiene acostumbrado esta colección de narraciones árabes. Incluso, pese al “desliz” anacrónico, el cuento contiene detalles que lo hacen creíble desde el punto de vista histórico, lo cual sugiere que tal vez este cuento sea efectivamente de la época de Cosroes y que los copistas árabes simplemente lo hayan recopilado. Por ejemplo, la arqueología ha establecido que en el reinado de Cosroes II existían dracmas de plata con su efigie, tal como se puede apreciar en la fotografía siguiente:
Dracma de plata del año 13º
del reinado de Cosroes II Parviz
Esto corrobora como posible lo de “...dejó caer de la bolsa, inadvertidamente, un dracma de plata...”.
En el cuento también se habla de una bolsa de oro, la que el intendente real le llenara al pescador: “¡Te pierde esa avaricia que te impulsa a dejar una bolsa llena de oro por recoger un solo dracma que ha caído para suerte del menesteroso!”
Pero entonces, ¿de qué eran los dracmas?, ¿de oro o de plata? Lo cierto es que en la época de Cosroes había dracmas de ambos metales preciosos, como podemos apreciar también en la siguiente figura:
Dracma de oro
con la efigie de Cosroes II Parviz
Los antiguos usaban bolsitas de mano para llevar el dinero. Esto lo podemos encontrar en muchos textos de entonces. La aparición del bolsillo –o faltriquera, como diría Quevedo en El buscón– es de creación relativamente moderna, de no hace muchos siglos. De todas formas, una suma de cuatro mil u ocho mil dracmas no entraría en una bolsita normal, como las que entonces acostumbraban llevar los mercaderes para sus transacciones cotidianas, amén de que hubiera sido de muy mal gusto portar algo destinado a guardar dinero en tales circunstancias: no olvidemos que el motivo (o pretexto) del pescador era llevarle un presente al soberano. Este detalle también hace del cuento algo creíble porque el intendente le llena la bolsa, se supone que muy grande (“...llevaba como presente un pez de tamaño y hermosura extraordinarios...”), que el pescador había utilizado para llevar el pescado al palacio.
Por otra parte, la afirmación de Cosroes a su mujer, “¡Pero sería indigno de un rey aceptar de nuevo lo que dio! ¡Olvidemos, pues, lo pasado!”, está muy de acuerdo con las viejas tradiciones persas. En efecto, algo parecido se puede constatar a través de varios textos bíblicos referidos a proyectos de resoluciones de altos funcionarios persas cuando solicitaban la corroboración oficial del monarca. Por ejemplo, “Ahora, confirma, ¡oh rey!, el edicto y fírmalo para que no pueda ser cambiado, conforme a la irrevocable ley de los medos y los persas.” (Daniel 6: 8). Esto sugiere que entre los persas siempre se esperaba que la palabra del rey no cambiara jamás; que una vez dada sería inalterable.
El colofón del cuento no es más que una apología machista, bastante común en el Oriente de entonces (bueno, algunos de esos países siguen indemnes al respecto), pues se trata de acuñar en los creyentes un dogma: los consejos femeninos siempre son malos para el cabeza de familia.
Pero el ejemplo es por lo menos confuso porque –más allá de la avaricia y cierta perfidia de la hermosa Schirín– no se entiende en qué se hubiera perjudicado el rey de haberse limitado a mantener el primitivo precio de cuatro mil dracmas cuando recibió la primera respuesta del pescador. La pérdida de los ocho mil restantes no se debieron a los malos o buenos consejos de su esposa, sino a la vanidad excesiva del propio Cosroes y a su evidente tendencia a la prodigalidad cuando alguien lo divertía o halagaba.
Referencias:
[1] Cosroes II Parviz o Khosro II Abharvez o Khosrú II Abharvez.
[2] Hormizd IV u Ormuz IV.
[3] Bahram VI o Vahram VI.
[4] Flavius Heraclio Augustus.
[5] El nombre de Nínive aquí parece anacrónico pero no lo es. Quizá muchos de nosotros recordemos del colegio secundario que su poderío fue aniquilado por medos y babilonios en el siglo VII a. JC. De ahí la idea de que habría desaparecido en la antigüedad. Sin embargo, la otrora famosa capital de los asirios parece que subsistió hasta épocas cristianas, si bien como simple poblado.
[6] Schirín o Sira.
[7] Yezdegerd III o Yazdgard III.
[8] Incluso se dice que Mahoma (570-632) despachó mensajeros al rey Cosroes II con el fin de atraerlo a la religión islámica, tal como intentara con otros reyes y emperadores, pero el rey habría roto la carta del profeta e insultado al mensajero, así como también a las enseñanzas del Islam. Según Gustave Le Bon (La civilización de los árabes, libro II, capítulo III), esto habría ocurrido al firmarse la paz con Heraclio (año 628), aunque es dudoso el momento elegido por este autor dado que el armisticio entre bizantinos y persas se firmó en tiempos del sucesor de Cosroes II (año 630).
¿MACHO O HEMBRA?
(de las Mil y una noches; entre las noches 381ª y 382ª)
Entre las diversas anécdotas del gran Khosrú, rey de Persia, cuentan que este rey tenía mucha afición al pescado. Un día que estaba en la terraza sentado con su esposa, la bella Schirín, llegó un pescador que le llevaba como presente un pez de tamaño y hermosura extraordinarios. Maravillado quedó el rey con aquel presente y ordenó que dieran al pescador cuatro mil dracmas. Pero la bella Schirín, que jamás aprobada la generosa prodigalidad del rey, esperó que el pescador se fuera y dijo: “No conviene ser pródigo hasta el punto de dar a un pescador cuatro mil dracmas por un solo pez. Deberías hacer que te devolviera esa suma, porque si no, en lo sucesivo, cuantos te traigan un presente regularán sus pretensiones tomando como punto de partida ese precio; ¡y no podrás entonces complacerles!”
El rey Khosrú contestó: “¡Pero sería indigno de un rey aceptar de nuevo lo que dio! ¡Olvidemos, pues, lo pasado!” Pero Schirín respondió a su vez: “No, no es posible dejar así la cosa. Hay un medio de recuperar la suma sin que el pescador ni nadie tenga nada que decir. No tienes más que hacer venir otra vez al pescador y preguntarle: ‘¿Es macho o hembra el pez que me has traído?’ Si te contesta es macho, se lo devuelves, diciendo: ‘¡Lo que yo quiero es una hembra!’; y si te dice que es hembra, se lo devuelves también, diciendo: ‘¡Lo que yo quiero es un macho!’ ”
El rey Khosrú, que amaba con un amor extremado a la bella Schirín, no quiso contrariarla y –aunque a disgusto– se apresuró a hacer lo que le aconsejaba ella. Pero el pescador era un hombre de un ingenio muy fino y cuando Khosrú, después de llamarle, le preguntó: “¿Es macho o hembra el pez?”, besó la tierra y contestó: “¡Ese pez, ¡oh rey!, es hermafrodita!”
Al oír estas palabras, Khosrú se sintió satisfecho y se echó a reír: luego ordenó a su intendente que diera al pescador ocho mil dracmas en lugar de cuatro mil. El pescador se fue con el intendente, que le contó los ocho mil dracmas, y los puso en la bolsa que había servido para llevar al pez y salió.
Cuando pasaba por el patio del palacio, dejó caer de la bolsa, inadvertidamente, un dracma de plata. Enseguida se apresuró a poner la bolsa en el suelo, buscando aquel dracma y recogiéndolo con verdadera satisfacción.
Y he aquí que Khosrú y Schirín le observaban desde la terraza y vieron lo que acababa de ocurrir. Entonces, aprovechando la ocasión que se le presentaba, exclamó Schirín...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 382ª NOCHE...
Ella dijo:
...entonces, aprovechando la ocasión que se le presentaba, exclamó Schirín: “¡Mira el pescador! ¡Qué ignominia la suya! ¡Se le cae un dracma, y en vez de dejarlo para que se lo lleve algún pobre es tan vil que lo recoge a despecho del menesteroso!”
Estas palabras impresionaron mucho a Khosrú, que hizo llamar de nuevo al pescador y le dijo: “¡Oh, ser abyecto! ¡Parece mentira que seas un hombre con alma tan pequeña! ¡Te pierde esa avaricia que te impulsa a dejar una bolsa llena de oro por recoger un solo dracma que ha caído para suerte del menesteroso!”
Entonces el pescador besó la tierra y contestó: “¡Alá prolongue la vida del rey! Si recogí ese dracma, no es porque me seduzca su importe, sino porque tiene otro gran valor a mis ojos. ¿No lleva, en efecto, sobre una de sus caras la imagen del rey y su nombre sobre la otra? No he querido dejarlo expuesto a que, por inadvertencia, lo pisaran los pies de alguno. ¡Y me apresuré a recogerlo, siguiendo así el ejemplo del rey que me sacó del polvo, aunque apenas valgo lo que un dracma!”
Tanto gustó esta respuesta al rey Khosrú que hizo que dieran cuatro mil dracmas más al pescador y ordenó a los pregoneros oficiales que gritaran por todo el Imperio: “No hay que dejarse guiar nunca por el consejo de las mujeres. ¡Porque quien las escucha comete dos faltas cuando quiere evitar la mitad de una!”
Al oír esta anécdota, dijo el rey Schahriar: “Apruebo completamente la conducta de Khosrú y su desconfianza con respecto a las mujeres. ¡Ellas son la causa de muchas calamidades!”
Pero ya decía Schehrazada, sonriendo...
|